EL MIEDO

Nada es más despreciable que el respeto basado en el miedo”

Albert Camus

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¿Te has planteado alguna vez cómo consigues el respeto de los demás? ¿Educas a través del miedo de situaciones inventadas?

Llevo varias semanas reflexionando sobre nuestro sistema educativo, y no me refiero sólo y exclusivamente al legalmente establecido y a las materias obligatorias que han de conocer los menores. Estoy hablando del sistema que utilizamos en cada hogar para llegar a respetar las normas.

Para poder vivir en sociedad, por todos es sabido, que es necesario cumplir una serie de normas, ¿es así? Llegamos a cumplir esas normas por la educación que recibimos desde nuestra más tierna infancia, cuando cualquier cosa que hacemos nos parece un auténtico desafío al que enfrentarnos.

Aprendemos del error-acierto cuando nos dejan equivocarnos porque nuestros educadores suponen que no comporta un grave riesgo para nuestra integridad física. Pero, ¿qué ocurre cuando a nuestros padres les da un miedo atroz cualquier cosa que hagamos? ¿qué hacemos para evitar que los menores se lastimen? ¿qué técnicas empleamos para evadir la atención de las personas y que se dirijan a hacer otra cosa?

Generalmente, empleamos la técnica del miedo. Infundamos miedo en la otra persona, cortando así sus alas, para que pueda hacer lo que nosotros queremos que haga. De forma sutil, conducimos a la persona a que piense su miedo en vez de su deseo de crecer y aventurarse a conocer a través del ensayo error-acierto.

Nos cuesta mucho trabajo comprender que de los errores se aprenden, y aunque a veces esos errores hagan daño, lo cierto es que son errores que nos hacen evolucionar. Estamos educando a los menores desde la evitación del dolor, y por ello estamos creando a pequeñas personas que no sabrán enfrentarse a los desafíos del día a día. Enfrentar a los niños a sus propios límites, les ayuda a hacerse libre pensadores y futuros adultos que, pese a su miedo a errar, conseguirán llegar a donde se proponga.

Eso sí, es necesario educar bajo la premisa de valores morales que hagan a las personas libre pensadoras que favorezcan al bien común.

Por que… ¿que sería de la sociedad sin valores?

Ángela Victoria Correa Puche

Mediadora de conflictos entre personas

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“El que tenga oídos para oír, que oiga”

Todo lo que se ignora, asusta”

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El escenario es un lugar cualquiera del mundo.

Los periódicos inundan sus portadas de noticias alarmantes cada día.

La época histórica nos sitúa en un periodo de estrés colectivo ante la amenaza de atentado.

Tres palabras son suficientes para desatar el pánico, sin embargo, en la sucesión de acontecimientos no nos importa quien haya dicho esas palabras, sólo nos importa todo lo que éstas desencadenaron y la profundidad del mensaje que nos refleja.

Los personajes de esta historia son una gran cantidad de gente que se agrupa en las calles de su ciudad por motivos de las fiestas religiosas de esa semana. Son las 2 de la madrugada y un grupo de personas caminan por la ciudad unidas hacía un objetivo común. Otras esperan a los lados de las calles a que el desfile procesional haga su aparición inminente.

Se escuchan tambores, pero no son de guerra. Sin embargo, algo hace estallar el miedo latente de los corazones de los fieles ciudadanos. Nadie o muy pocos saben porqué pero están corriendo. Al igual que el resto.

Ya está creada la masa crítica (o el centésimo mono) que hará que una situación alarmante se desencadene de una forma pacíficamente ordenada o desastrosamente ordenada. Y es que todo sigue un orden que depende de las palabras que lo creen.

No fueron los meros hechos ocurridos lo que provocaron que se desencadenara el pánico, fueron las palabras que han calado hondo en lo más profundo del inconsciente de las personas las causantes de lo allí ocurrido.

Cuando tus acciones no te pertenecen, el descontrol se apodera de ti y sólo te queda ser objeto de las circunstancias.

El motivo por el que escribo estas lineas, aunque breves y concisas y sin ser un análisis pormenorizado, son mis ganas de oír que ocurrió en ese escenario:

  • He llegado a la conclusión de que la sociedad está asentada hoy día en un pánico global a que algo malo ocurra inminentemente.
  • He comprendido que para que la histeria que se apoderó del momento no vuelva a ocurrir sólo necesitamos hacernos conscientes de los miedos que albergan dentro de nosotros.
  • He constatado que las palabras, lejos de que se las lleve el viento, crean la realidad que nos rodea y que por ese motivo se desencadenó la estampida.

Nuestra salvación depende de nosotros mismos, de nuestras creencias y de nuestra intención al crear la realidad que nos rodea.

La persona a quien seguían todos los allí presentes decía al acabar sus parábolas: “El que tenga oídos para oír, que oiga“.

Ángela Victoria Correa Puche

Mediadora de conflictos interpersonales

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