“El que tenga oídos para oír, que oiga”

Todo lo que se ignora, asusta”

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El escenario es un lugar cualquiera del mundo.

Los periódicos inundan sus portadas de noticias alarmantes cada día.

La época histórica nos sitúa en un periodo de estrés colectivo ante la amenaza de atentado.

Tres palabras son suficientes para desatar el pánico, sin embargo, en la sucesión de acontecimientos no nos importa quien haya dicho esas palabras, sólo nos importa todo lo que éstas desencadenaron y la profundidad del mensaje que nos refleja.

Los personajes de esta historia son una gran cantidad de gente que se agrupa en las calles de su ciudad por motivos de las fiestas religiosas de esa semana. Son las 2 de la madrugada y un grupo de personas caminan por la ciudad unidas hacía un objetivo común. Otras esperan a los lados de las calles a que el desfile procesional haga su aparición inminente.

Se escuchan tambores, pero no son de guerra. Sin embargo, algo hace estallar el miedo latente de los corazones de los fieles ciudadanos. Nadie o muy pocos saben porqué pero están corriendo. Al igual que el resto.

Ya está creada la masa crítica (o el centésimo mono) que hará que una situación alarmante se desencadene de una forma pacíficamente ordenada o desastrosamente ordenada. Y es que todo sigue un orden que depende de las palabras que lo creen.

No fueron los meros hechos ocurridos lo que provocaron que se desencadenara el pánico, fueron las palabras que han calado hondo en lo más profundo del inconsciente de las personas las causantes de lo allí ocurrido.

Cuando tus acciones no te pertenecen, el descontrol se apodera de ti y sólo te queda ser objeto de las circunstancias.

El motivo por el que escribo estas lineas, aunque breves y concisas y sin ser un análisis pormenorizado, son mis ganas de oír que ocurrió en ese escenario:

  • He llegado a la conclusión de que la sociedad está asentada hoy día en un pánico global a que algo malo ocurra inminentemente.
  • He comprendido que para que la histeria que se apoderó del momento no vuelva a ocurrir sólo necesitamos hacernos conscientes de los miedos que albergan dentro de nosotros.
  • He constatado que las palabras, lejos de que se las lleve el viento, crean la realidad que nos rodea y que por ese motivo se desencadenó la estampida.

Nuestra salvación depende de nosotros mismos, de nuestras creencias y de nuestra intención al crear la realidad que nos rodea.

La persona a quien seguían todos los allí presentes decía al acabar sus parábolas: “El que tenga oídos para oír, que oiga“.

Ángela Victoria Correa Puche

Mediadora de conflictos interpersonales

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